Estas últimas semanas me han servido para comprobar una cosa: la lengua materna es la herramienta fundamental del intérprete. Gracias a los entrenamientos y a las clases (que van aumentando en número y en intensidad) he podido saborear el uso de la lengua española, comprobar hasta qué punto es maleable, jugar con las palabras, con los sinónimos, con los registros. He notado que me voy volviendo cada vez más exigente.
Es curioso, y en esto querría centrarme hoy, cómo interfieren en la lengua materna las lenguas de las cuales interpretamos. Mi reflexión nace del hecho de un descubrimiento, y es que encuentro considerablemente más difícil interpretar del italiano o del portugués (lenguas que se consideran similares al castellano) que del inglés. No soy ningún especialista, pero creo que se debe a que en realidad, estas lenguas, no son tan similares como pensamos. Es más, creo que el supuesto parecido es lo que envenena la producción en la lengua de llegada. El italiano, el portugués o el francés tienen giros que en español no son para nada idiomáticos o que, en el peor de los casos, pueden resultar en el sinsentido. Lo mismo ocurre con el léxico.
La solución al problema anterior sería mantener un buen desfase con respecto al texto original. Esto nos permitiría reformular las frases correctamente y nos daría más tiempo para encontrar equivalencias acertadas y no caer en el error del calco. Sin embargo, el desfase se adquiere con la práctica y con mucho tiempo de trabajo. No se corre la maratón de Nueva York sin haber hecho algo de footing primero, ¿no?
Por otro lado, parece ser que cada lengua tiene su abanico de tonos característicos. Sí, me refiero a esa música que (a veces) nos permite saber si un hablante es gallego, catalán, italiano o francés. Hace un par de semanas, después de haber hecho una simultánea del francés al español, la profesora me dijo que había calcado el tono de la oradora (una compañera francesa). Yo, por supuesto, no había sido consciente, pero cuando escuché mi prestación (sí, así lo llaman aquí) pude comprobar que el tono que estaba produciendo no era para nada natural a oídos de un hispanohablante, quien habría dicho, con razón, que estaba cantando.
Con todo esto, yo llego a la conclusión de que los mayores errores que se dan en interpretación guardan estrecha relación con el trato que damos a la lengua de llegada, es decir, a nuestra lengua materna. Si llenamos un discurso de giros imposibles, de expresiones y palabras calcadas, añadiéndole un tono extranjero, está claro que nuestro servicio no será correcto. Y lo curioso, lo que me llama la atención, es que esto tiene poco que ver con la comprensión de las lenguas de partida, que es lo que más suele preocuparnos; los defectos de los que hablamos afectan solo a la lengua de llegada.
Esto demuestra lo importante que es que continuemos ampliando nuestros conocimientos de nuestra propia lengua, sin dejar de lado el resto de lenguas de trabajo, claro está, pero sin olvidar que la lengua A es la base de todo. Sin una buena lengua A jamás habrá una buena interpretación ni, por consiguiente, un buen profesional.
Quería hablaros también de la consecutiva. Parece que los entrenamientos con mis compañeros de clase están dando sus frutos. Ya no veo la consecutiva como una bestia negra. Me atrevería a decir que empieza a gustarme bastante. He mejorado mucho en toma de notas, pero he de decir que esta mejora se la debo en gran parte a los numerosos ejercicios de memorización que hemos estado realizando desde principios de curso. No hay mayor verdad: las notas son un apoyo de la memoria. Si mientras escuchamos el texto original no estamos prestando atención al contenido porque nos ocupamos casi exclusivamente de anotar todo, nunca sabremos si nuestra restitución es fiel o no a lo que dijo el orador. Para que veáis más exactamente lo que quiero decir, os dejo este vídeo.
El problema en consecutiva llega cuando los discursos son rápidos y tienen mucho contenido. Es entonces cuando se hacen necesarios los símbolos y las abreviaturas. Y, creedme, no sirve cualquier símbolo o cualquier abreviatura. Los primeros, si no son utilizados de manera natural, pueden ser completamente inútiles; las segundas, si no se hacen adecuadamente, pueden resultar muy ambiguas. Estas semanas he estado utilizando abreviaturas o incluso palabras completas. De manera natural solo soy capaz de utilizar un número limitado de símbolos, pero me he propuesto trabajar duro para poder asimilar los más comunes, porque realmente son una gran ayuda en la toma de notas. ¡El tiempo es oro!
Siguiendo con el tema de los símbolos, quería contaros algo que Andrew Gillies nos explicó en la última clase, la semana pasada. A través de diferentes ejercicios, nos hizo ver hasta qué punto el hecho de anotar una palabra (en lugar de un símbolo) podía limitarnos a la hora de restituir. Por ejemplo, si anotamos la palabra crecimiento, seguramente diremos crecimiento a la hora de interpretar. Sin embargo, si en lugar de la palabra utilizamos un símbolo, como, por ejemplo, una flecha en dirección ascendente, podríamos interpretarla como crecimiento, desarrollo, aumento, alza, ascenso, subida, etc., dependiendo del contexto, claro está. El uso de símbolos contribuye a la liberación de la lengua de llegada, a la idiomaticidad, porque nos aleja del término en lengua origen y nos aproxima a la idea, al concepto que designa.
Para cerrar esta entrada me gustaría hablaros del compañerismo. No podéis imaginar cuán importante es tener buenos compañeros en estos estudios y (presupongo) en esta profesión; compañeros que hagan críticas constructivas, que te apoyen, que te entiendan, que sepan cuándo estás al cien por cien y cuándo hay algo que va mal. Tengo la suerte de haber encontrado ya algunas personas así en el ISIT y tengo que decir que, si bien las clases, los entrenamientos y las horas de estudio son fundamentales en la formación de los intérpretes, creo que el contacto humano y el apoyo entre compañeros se torna esencial en un proceso de aprendizaje que, como nos han dicho una y otra vez, se asienta sobre la base de la sangre, el sudor y las lágrimas.